¿A la tercera va la vencida o a la quinta?
Eran las ocho de la noche en un viernes de verano, por lo que el clima estaba húmedo y caliente. Afuera en la acera se estacionó un auto con música de moda a alto volumen, por sus ventanas se escapaban las voces de varias chicas gritando la pegajosa melodía, era indudable que el grupo traía su propio ambiente y subía nítido hasta el segundo piso del edificio en el que Gabriela vivía sola desde unos meses atrás. El sonido característico del claxon de un Beetle le confirmó que sus amigas habían llegado por ella. Uno de sus perros empezó a ladrar inquieto por los ruidos de fuera, pronto los otros dos Poodles lo secundaron hasta que su dueña los tranquilizó con su voz y los mandó a buscar la pelota en la sala para alejarlos de la ventana ruidosa. Gabriela se asomó por entre las cortinas y gritó que bajaba enseguida, sabía que no la escucharían, pero verían su cara confirmando que era consciente que estaban en el estacionamiento. Echó una última mirada inquisidora a su minifalda negra; el mensaje, pensó, debería ser claro para el indicado. El calor era el mejor pretexto para salir de casa y escapar del falso abrazo de la televisión y el beso desangelado de la soledad. Casi a las nueve, Gabriela y sus amigas hicieron su entrada triunfal en el bar al que acostumbraban ir al menos una vez por mes, dentro el bullicio era veinte veces mayor al que las acompañó dentro del Beetle. Pronto estaban alegremente instaladas en la barra bebiendo margaritas cortesía delLadies night, el viejo truco de los bares para atraer cabelleras femeninas, las cuales a su vez eran el anzuelo para que aparecieran los hombres, por montones. Aunque algunos estuvieran más interesados en beber que en cazar, había muchos otros capaces de hacer las dos cosas al mismo tiempo. Uno de ellos entabló plática con Gabriela al cabo de una hora de su llegada, después de intercambiar una o dos miradas, a él no le quedaron dudas que sería bien recibido por aquella chica de minifalda negra si tomaba la iniciativa. Llegó con su bebida apenas entrenada en la mano y una sonrisa de Ryan Gosling en la cara, como si el líquido fuera la arena de un reloj que determinaba cuánto tiempo se quedaría con Gabriela.

Al paso de las horas fue evidente que se había quedado en el mismo sitio durante varias bebidas. Quizá fue el cuadro que ofrecían aquellas piernas en minifalda queriendo huir del calor o fue la coquetería inconfundible en el brillo de las miradas de Gabriela, pero él se quedó hasta que encontró el coraje para besarla. A los besos tímidos siguieron otros un poco más urgentes y desesperados, pasada la medianoche el ruido y el humo eran trinchera suficiente para permitirse toda la libertad que dos bocas requieren para reconocerse las ganas. Salieron del bar casi a la una de la madrugada, veinte minutos después de besos y manoseos mientras atravesaban la ciudad en el auto de él, llegaron al departamento de Gabriela. Subieron las escaleras, comiéndose a besos como dos enamorados. Solo trasponer la puerta, aquellas manos de hombre se convirtieron en garras de tigre. Gabriela se entregó a su acompañante con toda la intensidad y habilidad que su experiencia le permitieron, si se sintió sorprendido, no dio muestras de ello. Como gatos callejeros se revolcaron en el sofá de la sala, si Gabriela no hubiera encerrado a sus perros en el cuarto de lavar, habrían pisado a más de uno en su apasionado camino hacia la recámara. Gabriela había aprendido que en tales circunstancias era mejor hablar poco y mantenerse al mismo ritmo que su pareja para garantizar que llegaban juntos al mismo destino y así no se quedaba olvidada a medio camino, como esos corredores rezagados en un maratón que si llegan a la meta, pero caminando y perdida toda oportunidad de recibir algún premio.

Unas horas después, medio dormida, Gabriela lo acompañó a la puerta. Un beso ligero fue lo último que se dijeron y también lo último que supo de él. Por dos semanas esperó que sonara de nuevo su celular, cada vez con menos esperanzas de que sucediera.
— Otra vez —se dijo a si misma — otra vez que me pasa lo mismo, ya debería aprender que todos quieren lo mismo. “Sí, miren, lo correcto es no tener sexo hasta después de la 3er cita y no arruinar la vida del otro hasta después de la 5ta cita.
Llámenme anticuado si quieren, pero soy de los que creen que toda mujer debería aprender en algún lado, en el catecismo, en la Ouija, Facebook o con su mamá, que debe esperar todo el tiempo posible antes de irse a la cama con un hombre. En especial si es un desconocido al que seguramente no le verá ni el polvo una vez que se aleje de ella después del primer acostón. ¿Y si es un amigo que quiere ser algo más?, con más razón. Si ya hay amistad, el sexo prematuro puede arruinarla y sabotear cualquier opción para llevar la relación hacia el terreno romántico. ¿Y si es un novio con una relación de tiempo? A esperar, hasta que las cosas se den solitas. Al Amor verdadero no le hace ruido la pasión a destiempo, ¿pero cómo saber que es Amor verdadero? Es mejor darle tiempo y espacio para madurar y llevar las cosas al siguiente nivel. Los hombres siempre vamos a presionar, a buscar el sexo, con mil recursos y excusas, en la mujer recae la responsabilidad de determinar cuándo es el momento preciso, no esperen que un hombre les diga: “No, espera, no quiero tener sexo contigo hasta estar seguro que eres especial, la indicada”.
El caso de Gabriela es tristemente muy común en la actualidad. Recuerdo que en mi época, en la ciudad donde yo vivía, había que esperar hasta un año o más para convencer a la novia de quitarse la ropa y patear los miedos. Ni se diga para condimentar el sexo con esos extras que lo hacen parecer cosa del demonio por el calor y la humedad que generan. Conforme pasaron los años, los tiempos fueron cambiando. El sexo entre parejas en el noviazgo pasó a ser más común, los medios y la publicidad lo volvieron más cotidiano y le quitaron el aura de pecado mortal, volviéndolo más atractivo para las mujeres; para los hombres siempre lo fue. También se volvió menos peligroso para ambos géneros, gracias a los anticonceptivos y los condones. Menos censurable, gracias a las películas y la televisión, que fueron quitándole ropa a las mujeres en los comerciales y las novelas hasta que llegó el día que se volvió inconcebible una película o serie para adultos sin su dosis de erotismo. Los tiempos fueron cambiando y yo me fui adaptando a ellos, más experimentado y confiado con las mujeres, aprendí que en esta nueva época no era necesario esperar un año para probar las mieles del amor, ni tampoco eran esperadas ni obligadas las promesas de amor eterno o de matrimonio. Aprendí que en el juego del Amor pierde el que está más desesperado y gana el que sabe jugar mejor sus cartas. Si en mis tiempos eran necesarios muchos pasos para ganarse la confianza de una mujer, en la nueva época solo era necesario ser el hombre correcto en el momento indicado. Un poco de humor, seguridad en sí mismo, descaro y audacia podían abrir las puertas de Roma en una misma noche. Con el tiempo aprendí a leer en los ojos de las mujeres aquellas señales del faro que daba la bienvenida a barcos que atracaban en puerto una sola noche y marchaban en la madrugada. Muchas veces fui uno de esos barcos, hasta que en alguna madrugada me topaba con algún puerto del que conservaba las coordenadas para regresar más de una vez, pero sin promesas ni contratos de nada. Rara vez una relación que empezó con sexo en la primera noche se convirtió en algo serio. No es que el sexo fuera malo o la chica fuera fea, realmente no somos tan mezquinos, aunque algunos sí. Lo que sucedía era que una vez satisfechas las ganas, no había nada más que me retuviera a su lado. El sexo es tan pacificador para los hombres, que una vez satisfechos se requiere una gran capacidad histriónica, un derroche descomunal de talento y personalidad de la mujer para sacarnos de nuestro sopor post-coito y grabarnos en algún lugar del cerebro las ganas de volverla a buscar. Los tiempos habrán cambiado, pero el viejo machismo sigue ahí, lo que fácil se obtiene, poco valor se le otorga.
En una época en la que el sexo es tan fácil de conseguir, es más difícil que una relación de cualquier tipo progrese en el terreno amoroso si la cama es el factor de reunión. Ojalá las mujeres, aprendieran a darse a esperar, que “hacerse la interesante” nunca estará pasado de moda y en cambio cada día transcurrido, cada mes de convivencia y reconocimiento siempre facilitará saber si ese hombre es el indicado para llevarse todo el premio. No soy mojigato, no pretendo que solo se acuesten con el que se van a casar. Lo que sugiero es que si van a relacionarse con un hombre, al menos se den la oportunidad de conocerlo y disfrutarlo por algo más que una noche y un orgasmo mal coordinado, que lo obliguen a conocer ese dechado de virtudes que como mujer tienen para ofrecer, más allá de la belleza de su cuerpo. El sexo es infinitamente más placentero cuando se realiza con alguien que nos conoce, respeta y corresponde la entrega en la misma medida que la ofrecemos. El sexo es divinamente más satisfactorio cuando hay cariño y emociones de por medio. Todo hombre necesita un templo de paz y armonía en donde recuperarse del mundo, ese templo es la mujer que ama.
